Esta es una fábula que nos enseña que no vamos a ser auténticos solamente porque las demás personas lo dispongan así, ni mucho menos por la forma en que nos vestimos (o como nos desvestimos, como dice el autor), incluso llegando a dejar que los demás se aprovechen de nosotros en todo aspecto de nuestra vida cotidiana, sin defendernos ni defendiendo nuestras convicciones y nuestras creencias.
Debemos de ser constantes, claros y congruentes en nuestro hacer y decir e ir así forjando nuestra propia personalidad, la cual nos acompañará por el resto de nuestras vidas.

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